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Las trampas de la sociedad de consumo

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El concepto de bienestar en la sociedad de consumo se basa en la premisa de poseer y acumular bienes. Si tienes y posees, serás prospero y, en definitiva, feliz, que es lo que buscamos todos. Debido a esta idea macabra de prosperidad, caemos en la trampa de valorar a los demás y a nosotros mismos por lo que tenemos y no por lo que somos. Y yo me pregunto: ¿desde cuándo es más importante el Tener que el Ser?

Al sistema socioeconómico le interesa conservar la sociedad de consumo. Gracias a ella se gana mucho dinero a costa de la venta masiva de bienes y del endeudamiento imprudente de los consumidores. Por ello, el sistema tratará de fomentar el consumismo cueste lo que cueste, y lo hace a través de trampas y artimañas como las siguientes:

Crear falsas necesidades

Las falsas necesidades son aquellas necesidades que no son vitales pero que el individuo las percibe como imprescindibles para su supervivencia y desarrollo. Son creadas por la sociedad de consumo con la intención de convertir deseos en necesidades.

La publicidad y el marketing saben muy bien como crear multitud de necesidades artificiales con el único objetivo de aumentar las ventas. Nos manipulan para que artículos antes considerados de lujo -como ropas de determinada marca o coches caros-, parezcan ser bienes casi de primera necesidad.

En muchos casos no importa que el individuo no se lo pueda permitir económicamente. La solución es dar facilidades para que el consumidor pueda pagar a plazos y satisfaga la falsa necesidad creada. De esta manera surgen legiones de endeudados o esclavos modernos.

Vincular la felicidad con comprar cosas

En la sociedad del consumo existe la idea de que tener posesiones te dará la felicidad. Las personas tendemos a decir. “Cuando compre un coche seré feliz”, “cuando tenga una casa me sentiré dichoso”,…

Sin embargo esa felicidad es pasajera. Esta más que demostrado que una vez comprado el objeto de deseo, los niveles de satisfacción y felicidad suben pero en un corto periodo de tiempo vuelven a bajar al nivel donde se encontraban.

Por lo tanto, da igual la idea de felicidad que nos quiere vender el sistema capitalista. Tengo absolutamente claro que buscar la satisfacción interna en las posesiones externas no funciona. La felicidad no está en la posesión de bienes materiales. Una vez satisfechas las necesidades básicas (comida, ropa, cobijo) y unas ciertas comodidades, adquirir más cosas no incrementa tu estado de felicidad.

Un estudio llevado a cabo por la investigadora Ashley Whillans de la Universidad de British Columbia, confirmó la importancia de tener tiempo libre para ser feliz. El estudio concluyó que la felicidad no reside en la posesión de bienes materiales, y que las personas son más felices cuando disponen de más tiempo libre para hacer aquello que les gusta.

La obsolescencia programada

Los fabricantes programan de antemano el tiempo de vida de sus productos con la intención de que el consumidor lo compre repetidas veces a lo largo del tiempo. Es lo que se conoce como obsolescencia programada.

En los tiempos que vivimos, sabemos que la tecnología puede crear bombillas que consumen menos y que duran muchísimo más que las que nos venden. Cuando aparecieron las primeras medias de nylon en el mercado eran duras y casi irrompibles. Hoy en día es un producto que se rompe muy fácilmente.

La base del sistema es ofrecer productos que se estropean o se quedan obsoletos para que los usuarios tengan que adquirirlo una y otra vez a lo largo de su vida. Los productos de larga durabilidad ya no existen. En la sociedad de consumo todo es caduco, los productos están programados para morir.

El caso más claro es el de los móviles. La tecnología móvil crece a pasos agigantados, hasta el punto de que un móvil queda desfasado en aproximadamente dos años. Continuamente aparecen en el mercado móviles con nuevas y mejores prestaciones. Esto hace que nos dé la sensación de que nuestro móvil de 2 años de edad parezca anticuado y aparezca en ti la necesidad de jubilarlo.

Lavadoras que se estropean tras un determinado numero de lavados, bombillas que se funden tras superar su límite de horas de uso, impresoras que dejan de funcionar tras llegar a un número determinado de copias,… Son ejemplos de la obsolescencia programada, un fenómeno de la sociedad de consumo que no respeta el medio ambiente y que existe con el único objetivo de garantizar más ventas.

Medir el éxito en base a tus posesiones

En la sociedad de consumo tu valía se mide por el valor de aquello que posees. Pero tener abundancia material te da una falsa sensación de éxito. De nada sirve tener una gran cantidad de posesiones materiales si luego no tienes tiempo para disfrutarlas.

¿Quién es más exitoso, una persona que trabaja 14 o 15 horas diarias para pagar un chalet con piscina y pista de tenis, o un trabajador con horario de media jornada que recibe un sueldo con el que es capaz de cubrir sus necesidades?

Yo lo tengo claro: en este caso, el trabajador de media jornada. Mientras que uno vive para trabajar el otro trabaja para vivir.

El trabajador que realiza el horario intensivo no dispone de nuestra activo más valioso: puede que sea rico en dinero pero es pobre en tiempo. Además, muy probablemente se esté dejando la salud por trabajo.

Es verdad que el trabajador de media jornada no tiene los recursos económicos y materiales del que dispone el otro, pero tiene algo más apreciado, tiempo en abundancia para invertirlo en aquellas cosas con las que más disfruta: leer, estar con la familia, ver películas, salir con los amigos, hacer deporte,…

Conclusión

Sabemos que en la sociedad actual el consumo es inevitable. Pero una cosa es consumir moderadamente y otra participar en el festival de consumo actual.

A través de artimañas y falsas ideas, el sistema capitalista, trata de manipularnos para que compremos todo tipo de artículos que no necesitamos. Nos venden la idea de que el que no consume no disfruta de la vida, pero eso es falso.

La realidad es muy distinta. El consumo desmedido puede provocar serios problemas financieros. Además, las posesiones materiales nos roban tiempo. Tiempo que utilizamos en cuidarlas, limpiarlas, protegerlas, arreglarlas,… Por no hablar del tiempo que gastamos ganando el dinero necesario para comprarlas.

Cuando tomamos conciencia de que poseer y acumular bienes materiales perjudica seriamente nuestra economía y limita nuestra cantidad de tiempo libre, es cuando decidimos dejar de llevar una vida consumista.

Nuestras verdaderas necesidades pueden ser cubiertas sin derroche. Un consumo responsable pasa por hacerte las siguientes preguntas a la hora de comprar un artículo:

  • ¿Realmente lo necesito?
  • ¿Puedo pasar sin él?
  • ¿Satisface una necesidad real?
  • ¿Lo voy a usar con regularidad?
  • ¿me lo puedo permitir económicamente?
  • ¿Cuanto me costaría en el mercado de segunda mano?
  • ¿Cuanto tiempo me costará mantenerlo, limpiarlo, repararlo…?
  • ¿Estoy dispuesto a renunciar a ese tiempo?

Si respondes con sinceridad a estas preguntas, te garantizo que evitarás consumir en exceso y comprarás sólo aquello en lo que tienes un interés genuino.

 

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